Hilario Jiménez Gómez

HILARIO JIMÉNEZ GÓMEZ
Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo (1924-1936)
Diputación de Cáceres/Fundación Rafael Alberti, Cáceres, 2001, 357 páginas.


El estudio de los poetas que pertenecieron a ese momento estelar de la cultura española del siglo XX que se denomina, con todas las salvedades que podamos hacer en torno a este título, generación del 27, es inagotable, y buena prueba de ello es una de las aportaciones más lúcidas aparecidas en los últimos meses, el libro de Hilario Jiménez Gómez, joven profesor extremeño, titulado Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo (1924-1936), en el que, como su título indica, se lleva a cabo un exhaustivo proceso indagatorio sobre los dos grandes poetas andaluces del 27: Federico García Lorca y Rafael Alberti. Es admirable la acumulación de documentos de todo tipo que ha coleccionado y conjuntado con sabiduría nuestro autor para establecer con rigor documental y seriedad científica qué hubo realmente de amistad entre los dos poetas, cuáles fueron las etapas de aproximación y cuáles las de inevitable distanciamiento, lógico conociendo la vida y personalidad de cada uno de ellos.
En 1980, muchos años después de los hechos glosados en este libro, durante su estancia en Nueva York, sobre la que hemos de volver, Rafael Alberti escribió y recogió en su libro Versos sueltos de cada día (1982):

Por aquí Federico
denunció el repetido
cansancio de tus oficinas,
al triste rey de Harlem
vestido de portero,
aquí sufrió el delirio
de tu poblada soledad terrible
lejos de su Granada.

Sin duda, casi cincuenta años después de la desaparición de Federico, Alberti seguía teniendo muy presente a quien había sido, con los altibajos lógicos, su amigo. Cuando recorre un Nueva York casi de fin de siglo, contemporáneo, distinto del que Lorca conociera medio siglo antes, no duda en vincular la ciudad de los rascacielos a Federico García Lorca. Es entonces un hecho innegable que Lorca fue muy importante para Alberti, y, sin duda, Alberti debió de serlo para Lorca. Compartieron ambos poetas, como es sabido, muchas experiencias comunes, incluida la famosa excursión a Sevilla de diciembre de 1927, donde con el sonado homenaje a Góngora se firma la partida de nacimiento de la nueva generación, y no sólo se hacen la famosa foto colectiva, en la que también figuran Guillén, Gerardo Diego, Bergamín, Dámaso y otros, sino que además se están poniendo en ese momento los cimientos de una nueva forma de entender la literatura en la que los dos poetas andaluces van a participar y de manera muy activa con su sabiduría poética, con su genio, con su imaginación.
Se estructura el libro de forma muy inteligente, con una hábil combinación de reflexión ensayística y aportación documental aplastante, pormenorizada y detallada, aunque siempre es posible añadir algún documento y alguna idea, como vamos a hacer al final de estas líneas con la intención más que constructiva de colaborar en un trabajo que me parece modélico y apasionante, de manera que en él lo científico se concilia con lo humano y con lo anecdótico, y hace que el lector se encuentre muy a gusto en las casi cuatrocientas páginas (que se dice pronto) de que se compone el volumen.
Se inicia el libro, tras el obligado y juicioso texto de presentación, con un capítulo en el que se repasa la biografía de cada uno de los dos escritores evocados, que ya nos muestra que no estamos ante lo que podríamos denominar unas vidas paralelas, ya que los dos poetas son bastante diferentes sociológicamente, aunque este capítulo se cierre con lo que es un «encuentro en la Residencia de Estudiantes», momento en el que se inicia la que será una duradera relación sólo truncada por la muerte inesperada, violenta, injustificada e injusta de Federico García Lorca. No hay duda de que enseguida entramos en materia y vamos al grano en el libro, ya que el capítulo siguiente está dedicado a reproducir y comentar las cartas cruzadas entre los dos poetas. El procedimiento de transcribir la carta y posteriormente realizar un comentario histórico-crítico es el adecuado, porque si bien se deja al lector libre para conocer e interpretar el texto, pronto se acude con los datos pertinentes a justificar y explicar cualquier aspecto que pudiera causar duda o interrogación.
Una documentación exhaustiva y muy bien tratada confirma la calidad de estos comentarios adjuntos. Un capítulo, cuyo título todo lo dice, viene a continuación: «Los primos se distancian; rivalidades y celos», y es que se dedican sus páginas a glosar la coincidencia en el centenario gongorino y la posterior separación, causada por el viaje a Nueva York, con estancia de casi un año de Lorca. Es sin duda un capítulo enjundioso, en el que a través de cincuenta páginas, se da cuenta pormenorizada de la relación de amistad y de la posterior distancia. El capítulo siguiente se desarrollará tras el regreso de Lorca de Nueva York. Lo titula nuestro autor «Un adiós sin despedida», y naturalmente se cierra con los primeros días de la guerra civil y con la muerte de Lorca. No hubo despedida. Los dos poetas, «en la calle», trabajan por la República y con ella colaboran en las actividades de difusión cultural. Pero de la distancia nace el olvido. A lo largo de ochenta páginas se revisan todos los documentos que contienen información sobre el particular. El resultado es espléndido.
Tiene mucho interés una serie de materiales complementarios que cierra el libro, desde poemas y textos diversos a todas las fotografías en que Lorca y Alberti aparecen juntos, así como una ajustada bibliografía plenamente competente en la materia, sin excesos innecesarios: la justa y la necesaria para coronar una investigación como ésta.
Hablábamos de completar algún aspecto mínimo o nimio. Se puede añadir a la relación de textos firmados por Lorca y Alberti, junto a otros poetas de su generación, una postal enviada a Gabriel Miró por los mismos desde Sevilla, y que no figura ni en el epistolario completo de García Lorca citado por el autor del trabajo ni en la última edición de sus Obras completas. Lo publicó hace muchos años Jorge Guillén, en su libro Gabriel Miró: breve semblanza y epistolario. Otro aspecto interesante, ya que de Nueva York se habla en el libro, hubiera sido hacer alguna referencia a la estancia de Rafael Alberti en Nueva York en 1980, recogida en su libro Versos sueltos cada día (1982), en el que los recuerdos de Federico García Lorca brotan entre los versos escritos en esa ocasión.
Quizá el poema más llamativo es uno dedicado a las Torres Gemelas, que no me resisto a dejar de reproducir para terminar estas reflexiones, y que yo cité hace más de una década en mi libro Poesía de senectud, junto a los recuerdos de Lorca en la ciudad de los rascacielos. Una foto de Alberti, hecha por Beatriz Amposta, en un barco, con las Torres Gemelas de fondo, completa la lectura de este impresionante poema:

(N. Y.)
Aquí no baja el viento,
se queda aquí en las torres,
en las largas alturas,
que un día caerán,
batidas, arrasadas de su propia ufanía.
Desplómate, ciudad, de hombros terribles,
cae desde ti misma.
Qué balumba
de ventanas cerradas,
de cristales, de plásticos,
de vencidas, dobladas estructuras.
Entonces entrará,
podrá bajar el viento
hasta el nivel del fondo
y desde entonces ya no existirá
más arriba ni abajo.

Lo señala el autor al final de su libro. Las relaciones entre Lorca y Alberti van mucho más allá de lo anecdótico y de lo coyuntural para inscribirse en lo más ampliamente literario. A lo largo de sus investigaciones Hilario Jiménez ha demostrado que tales relaciones son como un juego de espejos, que permite descubrir coincidencias, cercanías, parecidos, influencias e incluso diferencias. Tras seguir con todo detalle todas las relaciones literarias, logra construir un nuevo panorama, con perspectivas innovadoras y convincentes de un aspecto de las relaciones literarias de personajes de esta época, fundamentales para conocer todo el ámbito común. Hilario Jiménez es generoso con quien esto escribe, y cita dos trabajos míos que abordaron relaciones literarias, la de Lorca-Gerardo Diego y la de Alberti-Gerardo Diego. No son trabajos fáciles éstos que están basados en una rigurosa documentación destinada a probar los vínculos y a rechazar los tópicos y las falsedades. Quien lo probó lo sabe, como escribía Lope de Vega. Hilario Jiménez lo ha hecho bien y justo es consignarlo al finalizar estas líneas. Dos poetas tan importantes como Lorca y Alberti merecían un tratamiento serio y documentado para dilucidar las relaciones entre ellos. El trabajo ahí queda. Los lectores de ambos poetas, sin duda, lo han de agradecer.
 

Francisco Javier Díez de Revenga
Universidad de Murcia


 

Excma. Diputación Provincial de Cáceres.

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